La comitiva de Boda

La comitiva de boda

Abdel Khaliq Al Rikabi

#JuevesDeRecomendación

Con una frialdad completa, resonaban los ecos de las explosiones en el interior de las tenebrosas habitaciones y temblaban los cuadros que colgaban mansamente de las paredes, detrás de cuyos polvorientos marcos se deslizaban los lagartos para introducirse por la ranura más cercana. A pesar de todo, conservaban su misma vieja indiferencia, junto con el eterno misterio momificado por la cámara fotográfica en momentos más allá del tiempo: labios estirados sobre dientes de un blanco brillante que aún conservaban su eterna sonrisa y gaviotas girando en el espacio de un mar profundamente azul, continuaban con sus giros sin que el deslizamiento de sus silenciosas alas causase alguna extrañeza. Mujeres timoratas que permanecían en las mismas posturas, escudriñaban con respeto y temor algún punto delante de ellas y por supuesto, más allá de las paredes y los bajos techos que las acordonaban.

El pueblo se había quedado vacío desde hace unos días y el silbido de las bombas que de vez en cuando lo tomaban como blanco, resultaba un ataque fallido, como si no fueran arrojadas por otra razón mayor al cumplimiento de una sola tarea, la de conseguir excavar el mayor número de trincheras, colmadas de raíces, arena y humo. Solamente, en raras ocasiones, habían alcanzado a algún árbol situado en alguna de las curvas, estremeciéndose sus ramas entrelazadas en la parte superior y haciéndose oír claramente el susurro de sus hojas en el instante en que se doblaban lentamente y golpeaban sordamente la tierra. Salían despavoridos grupos de pájaros en un vuelo frenético en ese vacío que el árbol había ocupado. El viento los arrastraba y repartía a otros árboles donde continuaban balanceándose con la misma ecuanimidad de antes.

La noche se cubría de un pesado silencio del que se descubría nítidamente su profundidad en el momento en que el viento se calmaba un poco y se oía el rumor de las ropas, que estaban abandonadas a secar en una de las terrazas y el momento en que cesaba el cacareo de una gallina, que había escapado de las manos que la perseguían y el sonido de las gotas que se filtraban en el botijo de agua, el cual no había sido vaciado cuando aconteció el gran éxodo.

Pero esta tregua pasajera no tardaba en alterarse con la llegada del alba, cuando un resplandor verdoso se extendía a lo largo del cielo y las bombas enviaban su angustioso silbido. Entonces comenzaba el viento su corretear diario a través de las vacías callejas. Se elevaban remolinos de viento que arrastraban en sus vertiginosos giros puñados de hojas desperdigadas, restos de cortezas secas y partículas de paja vieja, así como una rodante lata vacía que, con seguridad, habría sido el blanco para los pies de los niños, si hubiesen niños allí. Entre las rendijas y las grietas que afectaban a la madera de las puertas cerradas se filtraba el viento, que en su rápido y repentino pasar, arrojaba las cosas que aún quedaban a un patio vacío en el que se habían aposentado tras haberse visto invadido por espinosas plantas salvajes.

Como un ser fantástico con miles de piernas y brazos, el viento se arrastraba a lo largo del suelo de las barandas desnudas, golpeaba las paredes y desparramaba algunas sillas que se revolcaban en todas las direcciones, hasta que alguna de ellas se recostaba junto a la pared. Una carpeta de cartón con un mapa del mundo árabe palpitaba sin descanso debido a la anarquía de los papeles que aleteaban entre sus pastas, como si al unísono con las bombas que anunciaban la destrucción, unas manos hicieran pasar esas hojas, repletas de manchas que iban del amarillo, al verde, al azul, al rojo y al negro. De vez en cuando, una tregua en la tempestad de viento, mostraba una hoja con grandes manchas amarillas cubriendo su blanco lustroso, entre las que aparecían formas retorcidas que sucumbían bajo el peso de un cielo de un azul reseco. No acababa de mostrar una discutible foto de un grupo de segadores cuando caía a un lado, para aparecer a continuación otra hoja cubierta de un color obscuro que una luna exagerada en su nitidez trataba de aclarar inútilmente su tenebrosidad.

Pero las hojas volvían a agitarse, mostrando nuevamente, por breves instantes, rostros de campesinos de espesos bigotes, animales de enormes cabezas y cortas patas, árboles de un verde rabioso, parras cargadas de racimos de uvas y perros negros procediendo a cazadores que llevaban escopetas más grandes que ellos mismos.

De un ligero movimiento, persistió una de las hojas con el panorama de un grupo de hombres, mujeres y niños en brillantes ropajes, con carcajeantes bocas y unas manos que ondeaban pañuelos, mientras que otras golpeaban sobre tambores, címbalos y flautas en la celebración de una boda campesina a la que el silbido de las bombas añadía un vivaz ritmo, como si la boda hubiese empezado en ese mismo momento: ecos de entrecruzados instrumentos musicales sobre los que se sobreponía el retumbar de los tambores precediendo a los danzantes y a los cantantes que penetraban en las callejas, a la cabeza de una numerosa comitiva que rodeaba a un caballo con extraordinarios dibujos en la curva del cuello, el cual se elevaba por encima de las alineadas cabezas. Sus crines colgantes, estaban adornadas con bolas de lana de colores y cuentas azules que pedían sobre la frente tatuada con una mancha blanca, como si un pintor desconocido hubiese sido atraído en una de sus correrías por el misterio de los pinceles deslumbrados por el caballo, descuidando a la solitaria novia con su velo blanco montada sobre su impaciente lomo.

La procedían dos niños, uno de ellos con una enorme vela y el otro con un espejo donde el pintor deseaba reflejar la figura del novio (traicionando así todas las leyes de la óptica), que aparecía por una puerta lateral con el rostro afeitado, y un gorro inclinado a un lado que dejaba escapar por su parte inferior una mecha negra como el carbón. Estaba listo para raptar a la novia en el momento en que se aproximase a su casa, para salir con ella corriendo hacia el aislado cuarto debajo de la terraza, sin tener ninguna seguridad de no golpearle la frente con el bajo techo de la boca de la escalera, lo cual no era raro que ofreciese la imagen de una novia con ojos llorosos, que los muchachos imaginaban que no lloraba de miedo sino de deseo. Entonces se despertaban las pasiones ocultas en las profundidades, a pesar de que sus manos permaneciesen eternamente prendadas en las escopetas de enormes cañones.

Pero el retumbar de las bombas silbantes en el cielo del pueblo, no parecía ser sino el eco de sus disparos de fuego que lanzaban en dirección al viento, el viento que había redoblado su tempestuosidad volteando papeles, que esta vez mostraban cúpulas islámicas coronadas por medias lunas afiladas y rodeadas por alambre de espino. Había también guerreros cubiertos con sus pañuelos rojos manchados, sosteniendo sus ametralladoras sobre sus pechos cruzados por el cinturón de las balas, preparados, para caer sobre los tanques de un verde brillante, coronados por estrellas de seis puntas y dos cruces svásticas. En lo alto, un avión precipitándose en el abismo, seguido por una nube de humo que un silencioso viento dispersaba en el interior de la foto, mientras que el viento remolineante en el cielo del pueblo arrastraba el silbido de otra bomba, que estremecía la tierra con el eco de su cercana explosión.

En una de las hojas del cuaderno se dibujó una explosión anaranjada que dejó entrever un grupo de cosas que podían ser miembros ensangrentados y manos con los dedos índice y corazón, separados en señal de victoria. Otras manos señalaban con el índice hacia adelante en un movimiento de acusación.

Y las hojas seguían pasando en rápido desorden a cada explosión de proyectiles en un radio muy próximo, cubriéndose las fotos de un color rojo, el color de la sangre, del fuego, de la destrucción de cobre y de hierro fundidos y de esquirlas de bombas que estallaban, estremeciendo los fundamentos de la casa. El cuaderno se abrió sobre una foto con imágenes superpuestas de confusos espacios como de paredes en el momento de un terrible derrumbamiento, en medio de la confusión de colores grises que conferían a la foto un extraño aspecto, casi exactamente igual al aspecto de la casa alcanzada por una bomba que había ocultado toda la entrada con el humo…

13 de Agosto de 1981

“Se trata de un impresionante relato en el que los objetos se convierten en los personajes principales, ya que los seres humanos son sólo imágenes disecadas que cuelgan de las paredes o que se amontonan en las hojas de un cuaderno”.

Dra. Luz García Castañón

(Traductora del cuento)

Abdel Khaliq Al Rikabi (1946- ). Es licenciado de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Bagdad. El cuento seleccionado pertenece a su colección de cuentos cortos “el muro de las escopetas”, del año 1983. “La triste noche de Alí Babá” (2013), es su más reciente novela.

Fuente:

García, L. (1988). Antología del Cuento Iraquí Actual. Dar Al-Ma’mun, traducción y edición. (P. 281-295).

El “yincito” de José Palmar

El yincito de José Palmar

de la serie “síntomas de una antología crónica”

Javier Muñoz

I

Jose Palmar, nuestro amigo, es uno de los descendientes de los “Pushaina”, una casta de la tribu Wayüu, los cuales, son tan nativos en Maracaibo como cualquiera de los Arijuna. José Palmar, nuestro amigo, no conoce mucho de nuestro idioma. Es tan así, que no podrá revisar todas estas anotaciones de él y tener idea que he escrito algo sobre él. Pero no deben señalarlo por eso. Desprestigiar a nuestro amigo no es la idea.

La víspera decembrina cada año inyecta en los corazones una dosis de consumismo que se hace indetenible, inexplicable, inevitable. Todos son esparcidos en todo tipo de centros comerciales, para caminar como hormigas entre ellos mismos y, cada tanto, alguien gasta sus respectivos churupitos en lo que sea que les alcance.

José Palmar, nuestro amigo pushaina que no sabrá que hablamos de él, ha sido arrastrado como el resto al centro de Maracaibo, ignorando el placer que personas como tu y como yo encuentran en hablar de otros, sin importar que sus nombres representen a completos desconocidos para nosotros. Él, como cualquiera de estas hormigas humanas, es uno más, en la cifra de personas que deambulan en el centro durante la época decembrina, sin tener con qué comprar algo.

En el camino, José Palmar pudo entretenerse con las cosas que se encontraba: una tía de él, pasó vendiendo ponquesitos y le regaló uno después de una conversación casual en wayüunaiki; le silvó a un sinfín de muchachas, escotes, curvas y piernas que se encontró en el paseo; le gritó “boboooo” con el resto de las personas a un muchacho que se cayó por andar con los cordones sueltos. Hacía todas estas cosas mientras le bajaba peso al kilo de cambures que tenía en el bolso y que se ha estado comiendo desde la parada, en donde comenzó su caminata.

José Palmar, pushaina y amigo nuestro, sin saber o sin planificarlo, llegó caminando hasta la calle principal del centro. Por aquí, recuerda José Palmar, hace 15 años estaban dos sucursales de Centro 99 en la misma calle, en la misma acera y todo. Esta referencia traía a su memoria aquellos tiempos en los que trabajaba como vigilante nocturno del McDonald’s que estaba en la Avenida Padilla. En aquellos tiempos, continúa su lembranza, me venía para acá con la mujé a compra de to’ con la mensualidá, éramos felice y no lo sabiamo. Así terminaba su retrospectiva. Así. Adornada con esa frase que le escuchó decir al chofer del carrito por puesto en el que llegó esta mañana, frase que aquel chofer usaba mientras hablaba de cómo se gastaba los cobres en todo lo que quería. José Palmar, nuestro amigo, sabe que va a usar más seguido esa frase.

Mientras caminaba observando todo cuanto tenía a su alrededor, para José Palmar, toda la atención de los vendedores se había centrado en él. La atención de esos vendedores, esos amables vendedores, esos vendedores que tienen un bluyín o un suete en el hombro, se había centrado en él, y eso se sentía bien para José Palmar. todos le hablaban: Mi tío, ¿está buscando un yincito?; ¿qué está buscando?; hey, aquí hay ropa para los chamos. ¿Está buscando para un varoncito?; tenemos ropa barata como pa’ vos; mi amor, ¿estáis buscando un yín?; aquí tenemos correas buenas, bonitas y baratas para vos.

Repentinamente, José Palmar se detuvo en una de las aceras: su pie derecho dio una pisada lo suficientemente fuerte como para pisar la cola de algún escurridizo animal y evitar su huida. José Palmar miraba a los lados. Palmar tenía la frente fría. José Palmar sentía cosquillas entre sus dientes. Definitivamente, en éste día, tenía que venir al centro, pensó entre una celebración interna que incluía vallenatos y tragos con sus primos, vecinos y compadres. todos ellos con las mismas tres características.

Nadie, solamente nosotros, sabemos del descubrimiento de nuestro amigo. Pero no comentaremos con otros su hallazgo. No por ahora. Esperamos, de alguna forma, que algo nos quede de eso. Tal vez, la idea de complicidad que pueda encontrar José Palmar en nosotros, haga que nos deje algo. Pero no es un muelle donde podamos atar nuestra embarcación de esperanza. José Palmar no puede vernos y no sabe que seguimos sus pasos.

Mientras nosotros deducíamos el fin que tendría lo que él encontró, José Palmar aprovechó para recoger aquello que su alpargata escondía y cuidaba. Alguien volteó a verlo ahora que un papel blanco con tendencias a amarillentarse y motivos en verde, se asomaba entre sus dedos. Aquel otro hombre meditaba su acción siguiente. Ese hombre que estaba bajo la acera, con sus ojos tenues, su sonrisa contagiosa de una desconfianza preocupante y unos pantalones en el hombro venía por él.

Venía por él. José Palmar sabía que venía por él. Estaba asustado. El hombre le hacía recordar a la posición que su perro toma cuando está por atacar a otro más pequeño: hocico gruñón casi tocando el suelo con la mirada hacia arriba. cuerpo agazapado sobre las piernas traseras y la cola de punta. Apareció el dueño; no va a poder celebrar con sus primos, vecinos y compadres; se va a armar un problema ahí mismo; no hay ningún familiar cerca que lo defienda y está sin celular en la calle. Esto es un peligro, pensó. Estaba sudando.

Mi tío, le dijo el otro hombre mientras pasaba de su hombro a la mano los pantalones, ¿está buscando un yincito?.

II

José Palmar se llenó el pecho de calma. El problema que veía acercarse con unos pantalones en el hombro no era, tal vez, un problema después de todo. Aprovechó para guardar en su bolsillo su hallazgo: esos 20 dólares de origen desconocido; esos 20 dólares que no tienen la típica rotura que se forma después de ser obligados a doblarse tantas veces a la mitad; los mismos 20 dólares que cualquiera va a aceptar como método de pago en Maracaibo por su buen estado, una ciudad que no mira con buenos ojos los dólares deteriorados o rayados.

Tenemos entre nuestras palabras a un revendedor que tiene una facilidad para persuadir, o a José Palmar, que es una persona fácil de influenciar. Dos frases en oposición que debaten sobre cuál de las dos puede explicarnos por qué nuestro amigo respondió que sí. José Palmar dijo que sí. Si estaba buscando un yincito y, entonces, el antagonista dejó de ser un posible victimario para José Palmar. Tal vez, ese hombre, podría llegar a ser un amigo para él. Eso pensó.

“¿Cómo no, mi tío? se ve que usté sabe lo que’tá buscando”. Estás son palabras de éste revendedor que realmente no sabe qué está buscando José Palmar, el cual no es tío de este interlocutor. “Pasá, que lo que te voy a mostrar es pura calidá'”.

José Palmar podía aprovechar los veinte dólares que acababa de guardarse en el bolsillo y comprarse unos pantalones nuevos, aunque esto se alejaba mucho de la celebración con sus vecinos, primos y compadres que él se había imaginado. El revendedor le había puesto una mano en la espalda, apenas un poco más abajo del hombro que tenía más cercano. Con la otra mano, le hizo un ademán para que avanzara al local, o su guarida, o lo que sea que consideren como hábitat natural para un vendedor de este tipo. José Palmar, sin encontrar forma alguna de liberarse de estas manos que a sus ojos parecían muy corteses, se dejó arrastar hacia adentro.

Adentro, en este local, habían apenas cuatro maniquies. Era media familia sintética de fibra de vidrio y aire: un hombre con su mujer y sus dos hijos, niño y niña. todos familia, todos sintéticos, todos grises, construidos de la cintura hacia abajo y recostados a la pared al final de la entrada. El establecimiento era pequeño. Si cuatro baños públicos portátiles se hubiesen juntado, estarían describiendo unas dimensiones que aún resultarían ser mayores que el saloncito, ese saloncito de paredes decoloradas por mero placer del tiempo.

José Palmar trataba de explicarle que no quería comprar unos pantalones. El revendedor trataba de mostrarle los pantalones que estaba vendiendo ahora que había logrado que su posible cliente se sentara en un banquillo. José Palmar estaba a su alcance. Es casi una venta. Solamente necesita tener a su presa en las manos para llevarse unos dólares al bolsillo. Era cuestión de hacer lo mismo de siempre, continuar lo ensayado y las cosas saldrían bien.

“32, tío. Este es de tu talla”. con esta frase el vendedor pudo hacerse de autorización para rodear el cuello de José Palmar con los pantalones tomados por los lados de la cintura, uniendo ambos extremos sobre la garganta. De ésta manera cree saber si José Palmar va a poder abotonar los pantalones y que queden ajustados a su talla. “agarrá las botas y estirá los brazos pa’ ve’ si te quedan de largo”. Estas dos, y otras tantas cosas sirven en el proceso de venta para este vendedor que, si tiene algún nombre, resulta irrelevante en contraste a sus actos. El revendedor no dejaba de estirar la tela por todos lados mientras hablaba, rodeaba a José Palmar o jugaba a ponerselo por la cabeza, aprovechando que nuestro protagonista, al igual que nosotros, no entendía nada de lo que estaba pasando. Sin embargo, algo ha de saber el revendedor sobre esas cosas.

No pude notar en qué momento de las monerías del revendedor, José Palmar dejó de sentirse cómodo y perdió todo interés que tuvo en comprar un bluyín. Si es que tuvo algún interés, ya se había acabado, al igual que la bolsa de cambures que José Palmar comía desde la parada. Sus pies, mientras el revendedor le hablaba, miraban hacia afuera del local. Ahora que se había levantado del asiento, José Palmar veía afuera un mundo coditiano: un mundo donde la gente continúa su camino, un mundo donde él continúa su camino. En ese universo paralelo, José Palmar cambia los dólares a bolívares. Su tío, que si es su tío, compra pesos colombianos, dólares y medicinas que vienen de dudosas procedencias y las vende en una mesa del mercado de las pulgas. A ese tío José Palmar puede llevarle los veinte dólares para que los cambie y así José Palmar sí celebra su hallazgo con sus vecinos, que son tan vecinos, como son primos y también compadres de José Palmar.

Pero ese mundo, no es el mismo en el que estaba José Palmar. “Pero sentáte. Debéis estar cansado de caminar. Te voy a conseguir un refresquito pa’ que descanséis. Vos sabéis que aquí atendemos bien a la gente de uno”. Y, efectivamente, el revendedor consiguió una Coca-Cola en el carrito de refrescos que un señor atendía, el cual destapó la botella después de que el revendedor le dijera que en un rato le pasaría el efectivo. José Palmar se sintió apenado por el acto. Pensó en rechazar el refresco, pero la insistencia de un revendedor que es tan persuasivo como este, puede lograr cosas inimaginables. José Palmar se estaba tomando la Coca-Cola mientras accedía a seguir viendo los pantalones, ahora con la sensación de que comprarle unos pantalones, era lo menos que podía hacer.

“Tío, estos, pre-lavados, LEVI’S originales con botones en lugar de cierre son pa’ vos. También lo tengo 32”. El revendedor sabía por dónde iba a llegar con José Palmar y esos pantalones marca LFVIS que estaba mostrando a nuestro amigo. Estos pantalones de imitación no alcanzan los 10$ dólares, pero José Palmar no tenía la menor idea. Pero si creía que esos LEVI’S originales, que están en 25$ pero que el revendedor le decía que se los dejaba en 20$ si eran para él. Esos son los que quería comprar. En ninguna parte conseguiría una rebaja similar. Al menos, eso le dijo el revendedor y José Palmar, pensaba que algo de razón tendría.

Y así, José Palmar pasó de tener una bolsa de cambures, a tener 20 dólares y finalmente, regresó a su casa con unos pantalones LFVI’S originales. También llevaba entre sus cosas una historia para contarles a sus primos, vecinos y compadres sobre cómo consiguió los pantalones que se estrenó el 24 de diciembre. “es que ese día era que tenía que í pa’l centro. Si no, no me hubiese conseguido eso’ dolare'”.

III

El revendedor guardó en su cartera el billete de 20$. Pero ni en ella, ni en sus bolsillos, pudo encontrar el billete de 20 dólares que había perdido más temprano.

Creo que si pudo recuperarlo después de todo.